Memorias: Recordar es volver a vivir

Por Jorge Marcel

PARTE 1: Unas cuantas monedas

Provengo de una familia hasta hace poco atea y marxista. De ahí podrá comprenderse que, por haber nacido en el año 1991, no fui bautizado ni tuve educación religiosa. Hasta que fui un adolescente, no tenía ningún conocimiento de lo sobrenatural y, por ende, mi visión de lo bueno y lo malo carecía del concepto de pecado.

Fue en el Preuniversitario, en el año 2007, cuando una amiga protestante comenzó a hablarme de la Biblia, de Dios… Entonces fue como si me arrancaran una venda de los ojos y desde aquel momento comencé a distinguir entre el bien y el mal, de una forma diferente. Aún puedo recordar el lugar y el momento exactos donde eso sucedió. A partir de entonces, comencé a anhelar ser bautizado, aunque sobre la Iglesia no tenía ni idea. Recuerdo que una vez, en una conversación con algunos amigos protestantes del Instituto, dije que en mi casa había encontrado una medalla de Nuestra Señora Milagrosa, como algo de lo más normal. Ahí fue cuando comenzaron a explicarme toda esa sarta de sandeces que creen los protestantes: que si la idolatría, que si las imágenes. Incluso esa noche (por aquel entonces los Preuniversitarios eran becas en el campo) me deshice de un pequeño crucifijo que portaba al cuello, aunque en el acto me arrepentí, aunque no dije nada. Y fue esa noche cuando comprendí que no en balde en mi pueblo había un templo católico, y uno bautista, y uno metodista… Comprendí que el protestantismo estaba dividido. Entonces me surgió una pregunta: ¿por qué? Y ahí comencé a creer, y también a investigar, pese a la oposición a rajatabla de mi familia.

En algunas enciclopedias conocí que la Iglesia Católica es la más antigua, que los protestantes surgieron en 1517, que los anglicanos existen gracias a la lujuria y adulterio de un tirano, y muchas cosas interesantísimas más. Esto, unido a dos incidentes aparentemente fortuitos, desencadenó mi conversión al Cristianismo, y aquí hago referencia, naturalmente, al Catolicismo, o eso creía yo.

El primero fue que una vez, de paseo por La Habana Vieja, vi una venta de libros antiguos y me llamó la atención un objeto. Quería comprarlo, pero al carecer de dinero, el dueño me lo cambió por algunas monedas de plata que llevaba encima. Además de la baratija, para no ser tan cruel en su “estafa”, el dueño me dio par de medallas, un rosario y un devocionario antiguo. Fue en ese devocionario donde descubrí lo que era la Misa y que sus oraciones se celebraban en latín, que había oraciones como el Padrenuestro, el Avemaría y las Letanías, que me parecieron preciosas; que había que ser católico para ir al cielo etc. Aquello me cautivó.

El segundo incidente fue que una vez, no habiéndome decidido a dar el paso de ir a una Iglesia Católica, fui invitado a un culto metodista dominical. Aquello no me gustó, y al terminar el culto, salí del templo en dirección al templo católico, pero ya estaba cerrado. Dios me estaba llamando.

Así, la primera vez que entré a un templo católico fue al día siguiente de la muerte de mi abuelo, y a pesar de saber ahora que es un templo profanado por los modernistas, lo que vi me gustó mucho: el Crucifijo, los santos, el vía crucis, todo. El siguiente sábado por la noche fui a misa y, ¡Desconcierto! Resultó que el cura no estaba “de espaldas”, la misa era en español, mucho menos había que responder “et cum spíritutuo” ni se comulgaba devotamente de rodillas. Y otra vez surgió el ¿por qué?

No obstante, me apunté al Catecismo decidido a bautizarme (lo cual me costó no pocas guerras en casa y el rechazo de los “cristianos” –protestantes- del Instituto) y, pasado un tiempo, me enteré de que un todopoderoso Concilio Vaticano II había cambiado todo en la Iglesia en los años sesenta. Y ahí me surgió otra pregunta: ¿y no hubo nadie que se opusiera a aquello? Naturalmente, la pregunta pudo estar condicionada por mi afición desde pequeño a las cosas viejas, a lo antiguo, a lo tradicional y a las “causas perdidas”. Pero, del mismo modo, yo no veía por qué había que quitar el latín o la música sacra de la Misa, pues las misas que estaba viendo me parecían muy poco católicas, muy cercanas a los protestantes, que ya conocía bastante bien.

Investigando aquí y allá, descubrí que un obispo francés, Marcel Lefebvre, había resistido heroicamente al Concilio Vaticano II, que había fundado la Fraternidad de San Pío X y que sus seguidores hacían todo a la antigua. Me interesó mucho, y como ya entonces comenzaba a nacer en mí una vocación hacia la vida religiosa, hacia lo sagrado, lo divino, quise tener información para contactar con el Seminario de Econe.

Preguntar a mi párroco modernista me costó una severa reprimenda, pero dada mi inclinación a buscar la verdad y no quedarme en medias tintas, hacia el año 2009 pedí a un primo mío, que tenía acceso a Internet, que me descargara información al respecto. Así descubrí qué era la Fraternidad, cuáles eran los errores del Concilio, qué presencia tenía la Fraternidad en el mundo y… un correo. Naturalmente, en la Cuba de esos años, un pelagatos como yo no tenía acceso a correo electrónico, así que todo se quedó archivado.

Valga destacar que, paralelamente, a la par que buscaba la verdad en otras creencias (por momentos dejaba de creer en la Iglesia y me ponía a estudiar otras religiones como el paganismo, ocultismo etc.), fui desarrollando una antipatía hacia la Iglesia modernista, por considerarla errada. Y lo que concluía era: si ni la Iglesia es ya lo que era, no vale la pena ser cristiano. Pero finalmente, a pesar de mis desvaríos, lo católico terminaba llamándome y convenciéndome.

Incluso, cuando me reconocía católico (valga decir que entre 2008 y 2011 tuve muchos desvaríos espirituales y religiosos), me identificaba con lo anterior al Concilio. Incluso, me cuestionaba la autoridad del mismo y hasta de los papas desde Juan XXIII. Extraño, ¿no? Me parecía que todo lo antiguo era bueno, y todo lo moderno, malo. Y como dije ya, no me gustan las medias tintas, así que no me sentía identificado con una Iglesia y unos “papas” que propagaban lo nuevo, lo que yo consideraba nocivo.

Esto lo digo porque en mi corta estancia en el modernismo (que no puede decirse constante), me escandalicé por la liturgia, las doctrinas escatológicas, las materias catequísticas… Todo me parecía carente de sentido, vacío, ajeno al verdadero Cristianismo. Veía entonces en los seguidores de Monseñor Lefebvre a cristianos heroicos, militantes, y ansiaba entrar en contacto con ellos. Para el año 2009, tenía muchos libros antiguos y me gustaba rezar en latín, estudiar la vieja doctrina, etc. Pero lo hacía con mucha inconstancia.

Llegado el año 2010, comencé mis estudios universitarios en el Instituto Pedagógico de La Habana y allí tuve acceso al ansiado correo electrónico y a Internet. Escribí a la Fraternidad, y como respuesta obtuve una serie de direcciones de correo. Escribí a todas. Respondió una. Era Una Voce Cuba. Era el mes de marzo de 2011.

PARTE 2: Quio non cessant clamare quotidie, una voce dicentes…

Mis primeros contactos con Una Voce fueron algo muy especial para mí. Al fin tenía la seguridad de no estar solo en esta pequeña Isla. El Presidente de la organización me atendió muy solícito y me invitó a conocerle personalmente. Ello conllevó a que realizara mi primer viaje interprovincial, y descubrir la ciudad de Matanzas, tan hermosa y cálida.

El Presidente de Una Voce me facilitó materiales, entre ellos unos videos de la Misa Tradicional. Era la primera vez que veía la Misa, aunque fuera en video, y aquello fue lo más hermoso que vi hasta entonces. Allí mismo fui aceptado como “amigo” de la organización, y gracias a la largueza del Presidente pude integrarme en una organización “tradicionalista”.

En el acto, Una Voce se encargó de establecer una comunicación regular conmigo, y gracias a ello, el 18 de julio de 2011, en el convento de las brigidinas de La Habana, oí por primera vez la Santa Misa Tradicional, y conocí a quien me diera luego el Bautismo y quien es mi Padrino: Darovis Caballero Sosa, que en ese momento todavía era ministro de la Iglesia conciliar, pero desde el 2013 se separó del modernismo y espera ser ordenado válidamente por algún obispo sedevacantista. Valga decir que era el primer cura que veía vestido todo el tiempo de sotana y, al respecto, me gustaría revivir una anécdota.

Resulta que, naturalmente, un cura vestido de sotana en Cuba en pleno mes de julio, suda la gota gorda. Así las cosas, cuando el sacerdote me vio avanzar hacia él, a sabiendas de lo que estaba pensando, me preguntó: -¿Tienes calor?, y lógicamente le respondí que sí, a lo que él respondió: -Más calor hace en el infierno. ¡Por Dios! Era la primera vez que oía Misa, que veía a un cura jovencito de sotana y que, por si fuera poco, creía en el infierno. ¡Abrumador! ¿No les parece? Les confieso que por un instante temí haber perdido la razón o haber retrocedido a 1940.

Igualmente, aquel día recibí una invitación a pasar una semana con un grupo de jóvenes en su parroquia en un pueblito de Matanzas y a mí, que siempre he sido intrépido y con lo que me gustó la ciudad de Matanzas, no hubo que decírmelo dos veces. Allí, en aquella parroquia en medio de un valle matancero, estaría yo en cuatro ocasiones, y en la segunda, renacería a la vida de la Gracia.

PARTE 3: Un cielo, un valle, un campanario

Viajar con diecinueve años, solo y por primera vez a Remangalatuerca, como decimos en Cuba y sobre todo los habaneros para referirnos al campo, fue para mí una experiencia inolvidable y excitante que me permitió confirmar la veracidad del viejo refrán: preguntando se llega a Roma. Pero vivir lo que viví allí, marcó mi vida. Resultó que Remangalatuerca se llamaba San Miguel de los Baños, que estaba enclavado en un paraje hermoso que le valió ha mucho el sobrenombre de “Paraíso de Cuba” y que tenía una Iglesia rectoral que a pesar de estar casi en ruinas, se erguía majestuosa, cimentada sobre décadas, anunciado la Realeza de Cristo con un vigor que los años y las rajaduras no habían hecho más que aumentar. Y ni qué decir de la Loma del Jacán, con su vía crucis y su ermita. Si alguna vez me había sentido católico en toda mi vida, no tenía comparación con aquella semana de agosto de 2011.

De mi primera visita a San Miguel no podré olvidar las largas conversaciones grupales, así como la dureza con que eran recibidas mis opiniones radicales sobre los papas conciliares y la nueva Iglesia; las Misas que el Padre celebró, la cálida acogida que daban los matanceros a las cosas tradicionales, las cosas que aprendí, las discusiones filosóficas, las películas de Don Camillo, mi inscripción en el Rosario Viviente de Santa Filomena, mis primeras lecturas del Kempis y ese sentimiento que se tiene pocas veces y en pocos lugares del mundo, que se reconoce interiormente como “estoy en casa”. Tampoco olvido las pocas ganas que tenía de volver a mi casa, y que me traje de vuelta un poco de tierra del jardín de la Iglesia, para no separarme mucho de aquel olvidado rincón de Cuba.

Recuerdo también que en los encantadores recovecos de aquella magnífica rectoría terminaron por caer las últimas resistencias que tenía de aceptar el Cristianismo, y que también fui testigo de lo mucho que el diablo odia la Misa, y de las primeras divisiones dentro del movimiento tradicional cubano.

Mi regreso a casa no hizo más que acentuar en mí una convicción: “¡Quiero ser sacerdote!”. Y al llegar a casa lo hice cargado de nuevas energías, nuevos conocimientos, un Kempis y un Catecismo de San Pío X para recibir, después de prepararme debidamente, el Bautismo.

PARTE 4: Los últimos instantes de un final

-I-

Exactamente un año después de mi primera visita a San Miguel, en agosto de 2012, para continuar mi recién adquirida vocación de viajero veraniego, regresé al lugar para otra convivencia y vale decir que fue entonces cuando hice amistad con un joven de Cienfuegos que, además de estar dotado de un singular espíritu combativo no muy distinto del mío, Dios le había concedido una inteligencia aguda, profunda y genial. No imaginaba entonces que ese joven devendría en un hermano de guerra. Lejos estábamos de los días tormentosos que vendrían de la mano de una vieja realidad que desconocíamos. ¡Cuán ingenuos éramos! ¡Qué fácil lo veíamos todo! Entonces creíamos en el motu proprio SumorumPontificum y en la restauración…

De esa visita recuerdo sobre todo mi Bautismo para el que sirvieron como materia las purísimas aguas minerales del balneario que da fama al lugar, y oficiado en el Rito Tridentino. También recuerdo como una vez concluido el ritual de mi bautismo, todos los presentes se lanzaron sobre mí para saludarme pues era el primero en toda Cuba que recibía el Bautismo por el Ritual Antiguo desde la década de los 60´s. Recuerdo también la Misa de la Asunción, las interesantísimas discusiones, la aceptación de los fieles hacia la liturgia tradicional, entre otras cosas. Aún conservo fotos de aquel encuentro.

-II-

El año 2013 fue para mí la espera de una calma que nunca llegó. En febrero de ese año visité al Padre Darovis en San Miguel para celebrar el Miércoles de Ceniza y porque estaba muy asustando porque el ¨papa¨ Benedicto XVI había renunciado. Creo también que ya por entonces se estaba materializando el distanciamiento entre el Padre Darovisy Una Voce. Valga decir que mi comunicación con Una Voce, como ocurriría luego con el Padre, fue disminuyendo gradualmente.

En junio de ese año recibí la Primera Comunión, de manos de un Padre de la Fraternidad, en la Fiesta del Corpus Christi, gracias a la gestión del Presidente de Una Voce. Unido a ello, en el que fuera mi último contacto físico con Una Voce, recibí como regalo la biografía de Monseñor Lefebvre, libro que a lo largo de ese año constituyó para mí un valioso caudal de información que me preparó para hacer una primera aproximación, a modo de recapitulación, acerca del fenómeno que llamamos “Tradicionalismo Católico”. Fue ese libro lo que me ayudó a sintetizar y dar término a una base gnoseológica que me permitiese asimilar niveles más profundos de información referente al problema de la Iglesia. Igualmente, me sirvió para adquirir nuevas herramientas mentales para la comprensión de la Filosofía, la Teología y la Doctrina Social de la Iglesia.

Después de esto, voluntariamente renuncié al contacto con Una Voce Cuba por discrepancias que me reservo explicar en público, pero que muchos de los católicos cubanos sabemos de sobra. En agosto visité al Padre en San Miguel por última vez, en los días previos a su renuncia a seguir en el seno del modernismo. Fui testigo de la última visita que le hiciera el obispo modernista de Matanzas. También recuerdo que, el día en que llegué, el Padre estaba viendo la película sobre Monseñor Lefebvre y me resultó muy interesante su insistencia acerca de que no perdiera el contacto con el joven de Cienfuegos que había conocido el año anterior.

Mi regreso a casa no fue tan alegre como en las visitas anteriores. De esta última vez que estuve en la que llamo “mi patria bautismal”, traje como recuerdo un ámpula con una muestra de sus aguas, que aún conservo. Después, por una razón u otra, estuve largo tiempo sin saber del Padre Darovis. Así terminaba el verano de 2013.

PARTE 5 Y FINAL: La explosión nuclear

El fin de año de 2013 fue caluroso y para mí, revelador. Ese fue el inicio de mi historia reciente, tanto que puedo decir que en mi vida hubo un antes y un después de ese diciembre.

Hoy estoy convencido de que Dios quiso que contactara al joven de Cienfuegos y, la verdad sea dicha, lo hice para tener noticias del Padre Darovis. Pero lo que vino después fue la confirmación de viejas premoniciones y una larga amistad telefónica con ese joven que, repito, hoy considero un hermano.

A finales de ese magnífico diciembre tuve noticia de tantas cosas a la vez que hoy vale hacer distinción solamente de lo más importante: la vacancia de la Sede Romana desde 1958, la invalidez de los nuevos ritos sacramentales de ordenación y consagración, la naturaleza “conciliabular” del Vaticano II, la naturaleza sectaria de la iglesia modernista y algo para mí totalmente nuevo: la exégesis apocalíptica de toda esta crisis del mundo y de los hombres de Iglesia. O sea, a finales de 2013 fui advertido de que la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica se halla reducida a su mínima expresión y de que Roma había sido tomada por satanistas. Dicho sea de paso y nuevamente, ya que en 2011 fui objeto de burla por parte de alguien cuyo nombre me reservo, cuando propuse algunas de estas ideas, sobre todo la concerniente a la vacancia de la Sede Apostólica, aunque, lógicamente, en términos muy generales e imprecisos.

En los primeros días de 2014 (si mal no recuerdo, el 4 de enero), ese joven y yo nos encontramos en La Habana para ratificar el contacto y para comenzar a recibir de sus manos una cantidad tal de información que hoy puedo decir que fue en 2014 cuando, gracias a ese conocimiento recibido por voluntad de Dios, comencé realmente a pensar como católico. Fue un proceso gradual y algo traumático, de formación de nuevas estructuras mentales y cognoscitivas y de aceptación de realidades, y por tanto puedo aseverar que mi actual comprensión de la Fe y de las disciplinas filosóficas, teológicas y sociales está indisolublemente ligada a lo que he adquirido en ese proceso formativo iniciado hace dos años, pues me puso en contacto con fuentes que, aunque muy generales, riquísimas en su contenido científico.

Durante 2014 oficialmente se “radicaliza” mi posición como católico, pues fue en ese año cuando me pude reconocer, junto a la mayoría de los tradicionalistas de Cuba, como sedevacantista, y en consecuencia asumir una postura de pensamiento y actuación que realmente respondiera a las interrogantes que me había formulado desde 2007, cuando se inició mi conversión. Y esa postura realmente me produce la paz y la seguridad que experimentan los que se hallan más cerca de la Verdad revelada por Dios, pero no una verdad planteada ambiguamente o en medias tintas, sino una verdad postulada en todo su cálido y radiante esplendor, que brilla serena y soberana para guiar el resto de mi vida terrena.

RESUMEN

De ateo a protestante, luego a buscador de Dios, después a “lefebvrista”· y más tarde a sedevacantista, sin contar los momentos en que esta búsqueda de la Verdad me arrastró al abismo, hoy sencillamente me considero católico, y como tal quiero vivir y morir.

Doy gracias a Dios por estar siempre guiando mis pasos, a pesar de mis mezquindades. Espero firmemente no desperdiciar los talentos que me ha dado y me sigue dando, para que, sabiamente empleados y aprovechadas sus gracias, tenga yo parte junto a mis hermanos en la Primera Resurrección.

Finalmente, para culminar este testimonio personal, quisiera hacer una periodización cronológica de estos ocho años en que el Cristianismo ha sido mi único desvelo:

2007-2007: Protestante

2007-2011: Intervalos entre católico y escéptico

2011-2013: “Lefebvrista”

2013/2014-Actualidad: Sedevacantista o simple y orgullosamente Católico.

 

Espero contar con las oraciones de todos ustedes por mi perseverancia hasta que Cristo Vuelva en Gloria y Majestad.

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