EN LA IGLESIA ECUMÉNICA NO HAY SALVACIÓN

Por Homero Johas 
“Es una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única Iglesia de Cristo.”
Pío XI (Mortalium Animos)
1. Escepticismo y ateísmo: las bases de la nueva religión
Tiempo atrás, publicaron los diarios una declaración de Juan Pablo II: “La ciencia debe reconocer sus límites y su impotencia para alcanzar la existencia de Dios. Ella no puede afirmar ni negar esta existencia (…) Querer una prueba científica de la existencia de Dios significa reducir a Dios a las dimensiones de nuestro mundo y por lo tanto, equivocarse metodológicamente sobre lo que es Dios” (O Globo, 17-11-85).
La afirmación es tan absurda en los labios de un “papa” que sería necesario obtener la confirmación de las fuentes para tener certeza sobre el hecho. El Vaticano I enseña que Dios “puede ser conocido de modo cierto por la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas…” (D.S. 1785). La afirmación atribuida a Juan Pablo II es la de los modernistas que sostienen: “el hombre no es capaz de elevarse hasta Dios; tampoco puede conocer su existencia ni siquiera por las cosas que se ven”, refirió San Pío X (D.B. 2O72). Y el Modernismo, en eso, muestra su base sobre la filosofía agnóstica, contraria a la capacidad de la razón y que la juzga impotente para ir más allá de los sentidos. Es la doctrina de los materialistas y ateos, de los agnósticos, de los escépticos, de los sin Dios. El Creador pasa a ser el objeto de un irracional “sentimiento religioso”, tan subjetivo como la infatuada “ciencia” contradictoria de los agnósticos. ¿Cómo podría la Iglesia Católica tener un “papa” que se coloca al lado de los ateos y del agnosticismo?
Sin embargo, si miramos bien el lenguaje de Juan Pablo II, él hace ahí sólo una repetición de la doctrina del Vaticano II: el agnosticismo es el fundamento doctrinario de la Libertad Religiosa y de la “Iglesia” ecuménica. En el Concilio se predicó un “derecho” natatural de no seguir la verdad, la “igualdad jurídica” entre la religión verdadera y las falsas, el “sentimiento religioso”, la “no discriminación por razones religiosas”, el derecho de cada uno a seguir “su fe”. El pluralismo religioso es sostenido como “fundado en la naturaleza del hombre”. Entonces, en vez de seguir las leyes de Dios, cada uno sigue “su propia verdad” subjetiva. Estamos, por lo tanto, tétricamente, delante de una religión agnóstica, escéptica, que no afirma una ciencia objetiva, una revelación externa, un Dios exterior. Por eso Juan Pablo II relativizó la ciencia al “mundo nuestro” personal, utilizando para eso las mismas palabras de los ateos. Cada cual tendría su “mundo” propio, interior, subjetivo.

2. El deber de juzgar la nueva religión
Nicolás I, papa, enseñó: “La fe es universal; es común a todos; pertenece no solo a los clérigos sino también a los laicos y enteramente a todos los cristianos” (D.S. 639). Entonces, el juicio sobre la identidad de la fe con las “definiciones ya proferidas por el Magisterio eclesiástico” (D.S. 3116) pertenece a todos, aun a los laicos, y puede tener por propio objeto aun a quien se dice papa y a un Concilio, pues ellos están “ligados” a esas definiciones, y el papa, aunque tenga el poder supremo en la Iglesia, no es un “príncipe absoluto“. Por esa razón, en el III Concilio de Constantinopla, los Obispos, súbditos del papa, juzgaron a Honorio I y concluyeron que él “no ilustró la Sede Apostólica con la doctrina de la Tradición Apostólica sino, por traición profana, permitió [o se esforzó para] que la fe inmaculada fuese manchada” (D.S. 563). En ese mismo sentido, tenemos hoy el juicio de un Obispo sobre el Vaticano II, la sentencia de Monseñor Antonio de Castro Mayer: “La Iglesia que se adhiere formal y totalmente al Vaticano II con sus herejías no es, ni puede ser, la Iglesia de Cristo.” Tal afirmación es gravísima: niega la identidad entre la Iglesia enseñada por el Concilio y la Iglesia fundada por Cristo, la única verdadera, fuera de la cual no hay salvación.

Sin embargo, ese juicio de identidad puede ser fácilmente comprobado por un examen comparativo entre las doctrinas del Vaticano II y las doctrinas del Magisterio de Pío XI sobre la “unidad de los cristianos”. La encíclica “Mortalium animos” revela la total identidad entre el ecumenismo del Vaticano y las doctrinas del “pancristianismo”, predicadas por los protestantes en el siglo XIX y en los comienzos del siglo XX, y con la “theoria ramorum” pretendida por los anglicanos y condenada por el Santo Oficio en época de Pío IX (D.S. 2885). Según estas sectas, “ya constituyen” partes de la verdadera Iglesia. De esas doctrinas, nacieron en la “iglesia conciliar” las biblias ecuménicas, los cultos ecuménicos, los templos ecuménicos, los ritos ecuménicos, el Derecho ecuménico: todo se basa sobre una fe en una Iglesia ecuménica, “dividida en partes”, sobre una fe subjetiva regida por el “proprio libero consilio” (D.H. 8.1). Comparemos, pues, las doctrinas de la encílica “Mortalium animos” con las del Vaticano II, sacando de ahí las conclusiones necesarias que Pío XI extrae.

3. La destrucción de la fe por la unión con las religiones falsas
La igualdad de naturaleza entre los hombres es un hecho. Pero, de ese hecho algunos pretenden inferir el derecho, lo que debe ser, el deber natural para el bien común de la sociedad. Y piensan para eso unir a los hombres de todas las religiones sobre la base de la igualdad de naturaleza. Cristianos y paganos, católicos y herejes deberían, dicen, establecer “un fundamento común de la vida espiritual” a través de un acuerdo, de “concordia fraterna en la profesión de algunas doctrinas”.
Esa es una “falsa opinión”, enseña Pío XI, y eso porque supone que todas las religiones “son más o menos buenas y laudables” (religiones quaslibet plus minus bonas ac laudabiles esse) y que “igualmente” (aeque) todas llevan hacia Dios y al “reconocimiento de su Imperio”. Ahora bien, el deber humano no proviene de la “concordia” entre las voluntades de los hombres sino de las leyes mandadas por Dios a los hombres. Un pagano, un hereje, no se somete objetivamente a esas leyes. Un acuerdo libre entre iguales puede ser desecho libremente. Así, el “fundamento común de la vida espiritual” no es objeto de un pacto libre, sino algo impuesto al hombre por su Autor. Por esa razón, Pío XI condena la unión de las religiones sobre la base de la igualdad, la libertad, la fraternidad natural. Era lo que pretendían los ateos y agnósticos de la Revolución Francesa. Tal doctrina proviene del agnosticismo, de la negación de Dios como Creador y legislador de los hombres. Es la doctrina del protestantismo que niega a Cristo como Legislador que debe ser obedecido (D.S. 1571). Cada cual pasa a ser el legislador único de sí mismo.
Oigamos al Vaticano II, refiriendo como un hecho: “Es manifiesto que cada vez más todos los pueblos se unen y que se estrechan por relaciones más apretadas hombres de diferentes culturas y de religión diferente (diversae religionis).. .” (D.H. 15.4). Por eso, “a fin de que sean instauradas en el género humano relaciones pacíficas y concordía”… (D.H. 15.5) pretende proclamar el derecho natural de la libertad de cada uno en materia religiosa. Se pretende la “concordía” en materia religiosa, entre los que niegan a Dios y sus leyes, entre los que las pervierten y los que se someten a ellas y afirman a Dios. Quieren la amistad de aquellos entre los cuales Dios “puso enemistad” (Génesis III, 15).

Por eso, Pío XI afirma: los esfuerzos para esa unión “de ningún modo pueden ser aprobados por los católicos (probari nulo pacto catholicis possunt)”. “Yerran y se engañan (errant ac falluntur) los que así juzgan; pervierten y repudian (depravant, repudient) la religión verdadera e inducen al naturalismo y al ateísmo (ad Naturalismum et Atheismum gradatim deflectunt) “. “Quien concuerda con los que así piensan y obran, se aparta enteramente de la religión divinamente revelada (a revelata divinitus religione omnino recedat”) He aquí el Magisterio Católico.

4. Es “error gravísimo” la “unión de los cristianos” con los falsos cristianos.

Cuando en vez de la “unidad de las religiones” se propone sólo la “unidad de los cristianos”, algunos [católicos] son engañados más fácilmente bajo la falsa apariencia de procedimiento moralmente cierto (fucata quadam recti specie nonnulli facilius decipiuntur). Bajo la falsa apariencia de “caridad mutua” se predica la “abstención de recriminaciones mutuas” (abstinere sese a mutuis recriminationibus), como si los errores de los herejes y cismáticos tuviesen derecho a “recriminaciones” a la verdad, como ella a ellos. Se ve ahí el agnosticismo subyacente que “no discrimina” entre verdad y error. El deber moral sería tratar de igual (aequum) modo a los falsos y a los verdaderos, a los buenos y a los malos.
Ahora bien, esa “no discriminación” es lo que predica el Vaticano II:

“…jamás, abierta u ocultamente, por razones religiosas (propter rationes religiosas) sea ofendida (laedatur) la igualdad jurídica de los ciudadanos (aequalitas juridica),.. y tampoco se haga discriminación entre ellos (neve ínter eos discriminatio fiat)” (D.H. 6.7).

Entonces, las “razones religiosas” no integran ahí el “bien común” pactado libremente al arbitrio de los hombres y por eso “no se haga discriminación entre ellos” por motivos de falsa religión, de religión no verdadera. Entonces, los falsos dioses, las falsas religiones son igualadas al Dios verdadero y a la verdadera religión. Se predica, por lo tanto, abiertamente, el agnosticismo en el Concilio. Se predica con los “pancristianos” el “no recriminar” a las falsas religiones, no luchar contra las sectas heréticas, dejar a cada una el “derecho” de “mostrar libremente la fuerza de su doctrina” (D.H. 4.8), de “no cumplir el deber de seguir la verdad” (2.9), de seguir “su fe” contra Dios y contra la verdad (4.5).
Los sofismas de los “pancristianos” son los mismos, hoy en día repetidos por el Concilio. Decían: Cristo oró por la “unidad de los cristianos”; quiso el “amor recíproco” entre ellos; lo hizo el signo distintivo de ellos (si dilectionem habueritis ad invicem). Esa unidad sería útil para “repeler la impiedad” de los ateos, de las otras religiones falsas. Esos argumentos atrayentes y seductores “parecen de acuerdo con los deseos de la Iglesia”, pues ella, de hecho, desea “reconducir a su grey a los hijos desviados”. Por tales apariencias, muchos católicos son llevados al error. La unidad entre los verdaderos cristianos no es la unidad con los falsos; el amor a los que siguen a Cristo no es el amor a los que no siguen sus preceptos, sino que siguen sus propios deseos. No se “repele la impiedad” de las falsas religiones predicando una falsa religión cristiana.
Por eso, enseñó Pío XI: “se oculta un gravísimo error” bajo tal argumentación (error latet sane gravissimus) que destruye enteramente los fundamentos de la fe católica (catholicae fidei fundamenta penitus disiiciuntur)”.
El Vaticano II, en su “Unitatis redintegratio”, predica la misma “unidad“, significando por “cristianos” a los verdaderos y a los falsos, a los herejes y a los cismáticos. Después de desenmascarado el “error gravísimo”, lo predica con los mismos sofismas.
5. La nueva iglesia: una Federación libre de credos opuestos
Casi todos los que se dicen cristianos concuerdan: Cristo fundó “una sola Iglesia”. Los herejes y el Vaticano II hablan de la “única verdadera religión” (D.H. 1.7) y de la “única Iglesia de Cristo” (D.H. 1.10). Pero, no se ponen de acuerdo sobre su naturaleza de acuerdo con la voluntad de Cristo (qualem eam esse oporteat), dice Pío XI. La Iglesia Católica profesa que ella es visible, externa, aparente a los sentidos, como un cuerpo único, con unidad de doctrina y de régimen. Los herejes y cismáticos profesan que ella es una Federación de “iglesias“, o “comunidades eclesiales“, con autonomía, libertad, sin unidad de doctrinas y de régimen o con algunas doctrinas comunes, por acuerdo, y con otras doctrinas contendientes entre sí (pugnantibus inter se). Pío XI describe ahí al Consejo Mundial de Iglesias. Esta concepción de los herejes deriva del agnosticismo: el hombre sería incapaz de alcanzar la verdad objetiva; cada cual sería libre para interpretar la ley divina elaborada en el interior de “su conciencia”, según su “criterio propio libre”. Se ve cómo el “proprio libero consilio” del Vaticano II (D.H. 8.1) se funda en la misma concepción de los herejes y agnósticos sobre la “iglesia“, pretendiendo una “unión” libre en doctrinas y régimen y no la fe y el régimen según lo enseñado y preceptuado por Cristo. Quieren una Iglesia fundada en un pacto democrático.
6. La naturaleza externa de la Fe y del régimen en la Iglesia de Cristo
La multitud de sectas “cristianas” con credos opuestos y sin cabeza impuesta por derecho divino deja a la sociedad que es la Iglesia sin unidad de fe y de régimen, sin visibilidad externa a partir de la autoridad de Cristo. Ahora bien, Cristo comparó “su Iglesia” a cosas exteriores visibles: Casa, Reino, Corral de ovejas. Rebaño, y le designó un Pastor para gobernarla de “viva voz”. Quiso que ella fuese regida “unius capitis ductu”, por la regencia de una sola Cabeza Fundó, pues, una Iglesia “de naturaleza externa y objetiva ante los sentidos” (natura quidem externam objectamque sensibus).
Y dió a sus enviados el precepto de conducir a “todos los pueblos” a la salvación eterna. No limitó ese precepto ni en el espacio ni een el tiempo. Prometió su presencia en la Iglesia hasta el fin de los siglos y que las puertas del Infierno no prevalecerían sobre ella (nunquam fore praevalituras). Luego, ella no puede ser extinguida: existirá en todos los tiempos y siempre con la misma identidad, pues Cristo no puede haber “errado” cuando afirmó eso (errasse) ni tampoco puede acusar de no tener poderes suficientes para mantenerla según esa intención (non suffecisse proposito) Así Pío XI.

Ahora bien, los protestantes afirman no esa Iglesia única, visible, sino una iglesia subjetiva, interior, de acuerdo con la conciencia de cada uno. En vez de un Pastor que rige en nombre de Cristo esta establecen un Presidente de un Consejo que gobierna según la voluntad de los hombres. E igualmente vemos al Vaticano II estableciendo, junto al poder supremo de la Iglesia, un colegiado, amén de colegiados Diocesanos y parroquiales. Y deja libre el pluralismo de fe y de régimen en la “religión” indefinida que predica. De ahí, la “creatividad” ritual que establece y el pulular de herejías en los presbiterios.

7. La ficticia unidad entre la Verdad y los errores
Los ecumenistas, como los “pancristianos“, repiten “ad infinitum” la voluntad de Cristo: “Ut omnes unum sint”;“fiet unum ovile et unus Pastor… Sin embargo, no quieren que se imponga, por autoridad de Cristo, la unidad de fe y de régimen; no quieren la condenación de sus errores ni tampoco la sumisión a una sola autoridad exterior. No consideran esa voluntad de Cristo como una nota o señal distintiva de la Iglesia verdadera, sino como un simple deseo de un fin libremente alcanzable a través de doctrinas pactadas y regímenes escogidos libremente. Y de esta manera se incluyen a sí mismos como “cristianos” verdaderos, partes de la unidad de la verdadera Iglesia y afirman que la unidad, de hecho “nunca existió ni tampoco hoy existe”. Puede ser deseada y podría existir “por una inclinación común de voluntades libres”. Pero que la unidad de la Iglesia debe ser hasta ese momento sólo aparente, falsa, fingida (commentitium). La oración de Cristo sería hasta hoy “sin efecto” (adhuc effectu suo careant).
Entonces, el concepto de “Iglesia” es alargado, ampliado (latitudinarismo), de modo de incluir dentro de él todas las sectas, con sus credos y regímenes diferentes. La norma divina serían los hechos, las divisiones de juicios contendientes entre sí y de voluntades opuestas. Las voluntades de los hombres moldearían la Iglesia de Cristo.
8.- Una Iglesia “dividida por naturaleza” no debe luchar contra los errores
De esa interpretación de la voluntad de Cristo, seguida por el Vaticano II, infieren los protestantes ecuménicos que la Iglesia está “per se”, “natura sua”, “dividida en partes” (in partes esse divisam); ella estaría constituida por “iglesias” o “comunidades eclesiales” múltiples (ex plurimis), desunidas entre sí (disjunctae). A pesar de tener algunas doctrinas comunes, “discrepan en las demás (in reliquis discrepant)”. Pero, a pesar de eso, tienen los mismos derechos (iisdem juribus). El Vaticano II repite esa “igualdad jurídica (aequalitis juridica)” (D.H. 6.7).
De esa concepción igualitaria y libre nace la “norma agendi”, tanto de los protestantes como del Vaticano II: “Es necesario (oportere) dejar de lado las controversias, incluso las más antiguas y la variedad de sentencias”, como si en esa “variedad” no se incluyesen las falsedades al lado de la verdad. ¡Es el agnosticismo! Pío IX condenó a los que juzgan que el “Protestantismo no es otra cosa sino una forma diversa de la misma verdadera (verae) religión cristiana.
(D.S. 2918). Entonces, la “variedad de sentencias” sobre las cuales no se quiere controversia es la misma que el Vaticano II predica cuando repite la norma de los herejes: “neve inter cos discriminatio fiat… propter rationes religiosas”, no se hagan discriminaciones por razones religiosas (D.H. 6.7). Discriminar entre el error y la verdad sería contra la “caridad“, contra la Iglesia de Cristo. El deber (oportere) es hoy en día dejar libre la “variedad de sentencias” sin “controversias” contra los errores, sin “discriminar” contra los errores. Las luchas contra los errores y no los propios errores serían las cosas que “impiden el nombre cristiano”. He aquí el sofisma: El Cristianismo se torna cuestión de “nombre»; la unidad es puramente nominal y no real.

Como si Cristo ya no hubiese promulgado leyes imperativas, el nuevo “deber” ecumenico es elaborar una “ley común de creer”, a través de un pacto universal (universo quodam foedere). Se niega a Cristo Legislador: Cristo ya no puede imponer verdades dogmáticas y leyes imperativas, ni exigirlas por coacción exterior. El Vaticano II repite eso afirmando que los vínculos cristianos están sólo “en la conciencia”, pero “sin coacción” (D.H. 11.1): “en asunto religioso cualquier género de coacción de parte de los hombres debe ser excluido” (D.H. 11.3). Dios sólo llama y convida (D.H. 11.4), pero la fe debe ser no sólo recibida sino también “profesada espontáneamente” (sponte) (D.H. 14.8-10.4). Nada existe de dogmático e imperativo en esa Iglesia “ecuménica“: la autoridad de Dios con su poder supremo es apartada.

9. La nueva Iglesia niega la autoridad exterior en religión
Los pancristianos y los protestantes acusaron a la Iglesia: ella habría corrompido la religión primitiva, que sería la de la “espontaneidad“, con doctrinas ajenas y repugnantes al Evangelio (perperam fecisse, quae priscam religionem corruperit, aliquibus doctrinis Evangelio non tam alienis quam repugnantibus). Ella habría adicionado asuntos de fe (additis ad credendum propositis). El Vaticano II también condena a la Iglesia Católica por haber tenido, a través de los tiempos: “un modo de obrar menos conforme y hasta contrario al espíritu del Evangelio” (modus agendi minus coaformis, immo contrarius…) (D.H. 12.3).
Entonces, serían los herejes con sus opiniones contradictorias y voluntades insumisas los que estarían en la certeza, de acuerdo can el espíritu del Evangelio, y la Iglesia Católica sería “contraria” a él. ¡He aquí la naturaleza de la nueva-iglesia conciliar!
La principal “corrupción” del Evangelio que esos herejes apuntan en la Iglesia es la autoridad exterior “en materia religiosa”, “el Primado de jurisdicción atribuido a Pedro y a sus Sucesores en la Sede Romana”. En vez de él, algunos colocan un “primado de honor”; otros, una jurisdicción originaria “a consensu fldelium”, esto es, de acuerdo con las voluntades humanas y llegan hasta pretender que el Sucesor de Pedro presida sus Congresos, que Pío XI llama “tornasolados” (versicolores), sin definición.
Así, en cuanto predican ea “unión de los cristianos”, en realidad lo que pretenden es la desunión de los cristianos, ya en la fe, ya en el régimen: niegan la sumisión al Vicario de Cristo, cosa que Bonifacio VIII definió como “de necessitate salutis”. Quieren tratar a la Iglesia Romana “de igual a igual, con igualdad de derecho” (aequo tamen jure, idest pares cum pari). Y por un pacto con la Iglesia que se hiciese no quieren apartarse de sus errores, que son la causa por la cual están fuera de la única Iglesia de Cristo (extra unicum ovile Christi).
10. Pío XI: “No es la Iglesia de Cristo”: “Es una falsa religión cristiana”
Es fulminante y taxativo el juicio de Pío XI sobre el “Pancristianismo“, hoy en día revivido por el “Ecumenismo” conciliar:
• “De ningún modo la Santa Sede puede participar de esas asambleas (ullo pacto participare posse)”.
• “De ningún modo es lícito a los católicos contribuir a estas Iniciativas (nec ullo pacto catholicus licere tailbus inceptis vel suffragari vel operam dari suam)”.
• “Si lo hicieren darán autoridad a una falsa religión cristiana (falsae cuidam christianae religioni auctoritatem adjungerent).”
• “Ella es íntegramente ajena a la única Iglesia de Cristo (ab una Christi Ecclesia admodum aliena)”.
•  “Sería bastante inicuo tolerar que la verdad fuese disminuida por acuerdos (iniquum foret veritatem (…) in pactiones deduci)”.
He allí la total y formal condenación del Ecumenismo, de la nueva-iglesia del Vaticano II como “falsa religión cristiana”, por no ser la “única Iglesia de Cristo”, negando la licitud de participar en ella.

El Papa presenta las razones de esa condenación:

a) La presencia de Dios en la Iglesia. Sería blasfemia afirmar que la presencia del Espíritu de Dios en la Iglesia perdió la eficacia y la utilidad, de tal modo que la doctrina de Cristo se tomó oscura e incierta, por lo que sería necesario tolerar en la Iglesia opiniones contradictorias: “el propio Dios está presente en la Iglesia como regente y guardián”. Luego, la doctrina de Cristo jamás faltó o fue perturbada en la Iglesia. Por lo tanto, la nueva-iglesia del Vaticano II no es la Iglesia de Cristo.
b) Obediencia a los preceptos de Cristo. Cristo ordenó a sus ministros que predicasen su doctrina y a los fieles que creyesen en ella y obedeciesen a sus leyes. Ahora bien, sin “proposición íntegra e inmune de errores” de esas doctrinas y leyes, tales preceptos no podrían ser cumplidos. Luego, la Iglesia no es una Federación de comunidades con doctrinas opuestas entre sí.
c) Finalidad del Evangelio. Es para regir toda la vida humana de todos los pueblos. Luego, no es tan difícil conocerlo al punto de que sólo algunos, después de largos estudios y discusiones, ya en la vejez, pueden llegar a la verdad sobre él.
11. El sofisma de la nueva-iglesia: La falsa caridad en detrimento de la Verdad y de la Fe
Habla Pío XI sobre las “apariencias” de obediencia al consejo cristiano de la Caridad por parte de los ecumenistas (videantur). Bajo un sofisma engañador afirma el Vaticano II: la división entre los “cristianos“: “contradice abiertamente la voluntad de Cristo” (U.R. 1.1). Como si la voluntad de Cristo fuese la unión con los herejes que no siguen la voluntad de Cristo y no la sumisión de los herejes a esa voluntad. Cambiar la “voluntad de Cristo”conforme a las voluntades de los herejes. La enorme malicia presente en esas palabras es evidente.

Pío XI muestra cómo en esa doctrina la Caridad es desviada en detrimento de la fe (in fidei detrimentum). El Vaticano II, junto con los herejes, afirma que la separación entre católicos y herejes es lo que trae detrimento para la fe (causae praedicandi evangelium (…) affert detrimentum). La malicia está, por lo tanto, presente. Lo que trae detrimento a la fe es la unión indiscriminada con los herejes, según Pío XI; pero, según el Vaticano II, es la separación de ellos por parte de la Iglesia, retirándolos de la unidad de fe y régimen. Son doctrinas opuestas.

San Juan, Apóstol de la Caridad, dice Pío XI, vetó relaciones con los que profesan una doctrina cristiana “no íntegra e incorrupta” y prohibió “recibir en la casa y saludar” (recipere eum in domum) (2 Jo 10) a tales personas. “La Caridad se apoya sobre la fe íntegra y sincera como en su fundamento.” La unión de los cristianos por lo tanto debe tener por vínculo principal la unidad de fe (quasi praecipuo vinculo).

Entonces, el Ecumenismo apela al Evangelio y a la voluntad de Cristo para predicar una “falsa religión cristiana”contra la “Iglesia de Cristo”.

12. El agnosticismo: Cada uno con su Verdad libre en religión
El Ecumenismo, pues, se contradice a sí mismo: quiere una falsa “unión” manteniendo cada uno las divergencias, la falta de unión en doctrina y régimen (suam quisque cogitandi sentiendique rationem retineant). Cada uno con su “verdad” propia, con su “fe” como pretende el Vaticano II (D.H. 4.5): Cada uno con sus “normas propias” “ordena la propia vida según sus principios religiosos (sua principia religiosa)” (D.H. 4.3.). Entonces, el Vaticano II predica el mantenimiento de las “sentencias contrarias” de los pancristianos dentro de la misma “Iglesia de Cristo”, quiere una “unidad imperfecta” de doctrina de fe.

De ese pluralismo libre, enseña Pío XI, se genera el Indiferentismo Religioso: la diferencia de credos es indiferente, la “discriminación” entre verdad y error es vetada, es indiferente. Y se genera el Modernismo que afirma que la “verdad” es relativa a las personas, a los lugares y a las épocas. De ahí, la doctrina de Cristo no estaría limitada por una Revelación terminada, inmutable, sino el credo cristiano sería variable con las personas y los tiempos. No es lícito discriminar las verdades de la fe, entre fundamentales, que deben ser acogidas por todos, y no fundamentales, a las cuales cada uno es libre de adherir o no. Las doctrinas “non fundamentalia” también fueron impuestas al hombre por la misma autoridad de Dios: no son libres (“libera“).’ Sin embargo, el Vaticano II centraliza en esa libertad su doctrina de la “libertad religiosa“, según el “proprio libero consilio” de cada uno (D.H. 8.1) y ni siquiera restringe esa libertad por ningún límite; aparta toda y cualquier imposición dogmática como “coacción exterior”. El Concilio profesa (profitetur): “la verdad no se impone de otro modo, a no ser por la fuerza de la propia verdad (nisi vi ipsius veritatis)” (D.H. 1.3). El Ecumenismo, por lo tanto, deriva de la libertad del hombre colocada por encima del imperio de Dios: es la expresión del “non serviam” luciferino, de la elevación del hombre por encima de Dios.

13. Pío XI: No es lícito ese modo de promover la unión de los cristianos
En total oposición a los cultos ecuménicos del Vaticano II, Pío XI afirma que es “clara la razón por la cual la Santa Sede nunca permitió a los suyos (nunquam) estar presentes en reuniones de acatólicos (acatholicorum interesse conventibus)”. Hoy, sin embargo, vemos a papas y obispos de la “nueva iglesia” participando de tales reuniones y cultos en sinagogas, templos luteranos y anglicanos y hasta en templos paganos o recibiéndolos en templos católicos. Y existe un precepto de la Santa Sede que ordena “honras litúrgicas” a los representantes de los cismáticos (Directorio Ecuménico “Ad Totam Ecclesiam”). Pío XI, sin embargo, condena ese proceder.

“No es lícito proceder a la unión de los cristianos de otro modo sino por el retorno de los disidentes a la única Iglesia de Cristo” (haud aliter foveri licet quam ( … ) reditu). Entonces, el Vaticano II no es de la Iglesia de Cristo, es un Concilio de herejes; no quiere la conversión de los herejes sino la unión con sus sectas y sinagogas, que están contra Cristo.

14. Jamás la Iglesia puede corromper la Fe
Al contrario de lo que predica el Vaticano II, afirmando que la Iglesia en el pasado tuvo “un modo de obrar menos conforme y hasta contrario al espíritu del Evangelio” (contrario) (D.H. 12.3), Pío XI enseña que la Iglesia “jamás se contaminó en el decurso de los siglos y tampoco en época alguna podrá ser contaminada (contaminata est unquam, nec contaminan aliquando potest). La Esposa de Cristo “no puede ser adulterada” (adulteran non potest). Es incorrupta. “Sería inepto y necio afirmar que ella puede constar de miembros desunidos y separados(ex membris disjunctis dissipatisque)”. De ahí se sigue que un papa en herejía no es miembro de la Iglesia y que, al no serlo, ya no tiene más los poderes inherentes a la jurisdicción del cargo. Es lo que dice la Iglesia en su Canon 188 § 4. San Roberto Belarmino tiene la confirmación de Pío XI cuando enseña esa doctrina tradicional. Hoy, vemos a miembros de la nueva-Iglesia que impugnan a la propia Iglesia como “pecadora“, como si los pecados de los hombres fuesen pecados y desvíos de la Iglesia en la doctrina o en las normas tradicionales por las cuales rige a los cristianos. El Ecumenismo supone la corrupción doctrinaria de la Iglesia, la falta de la presencia de Dios en ella.
15. No hay salvación en la iglesia del Ecumenismo Concluye Pío XI:
“Nadie está en esta única Iglesia de Cristo y nadie en ella permanece, a no ser que, obedeciendo, reconozca y acate el poder de Pedro y de sus Sucesores legítimos.”
Esa confirmación está dirigida contra los herejes y cismáticos que piensan estar dentro y no fuera de la Iglesia. Ni aun un papa, siendo herético, permanece dentro de la Iglesia puesto que, siguiendo el “juicio propio” del “haereticus homo” (Tito, 3, 10), se rebeló contra las verdades y normas a las cuales la Iglesia está perpetuamente ligada. El Ecumenismo no se somete al poder de Pedro y por lo tanto no pertenece a la Iglesia de Cristo. La sumisión al Sucesor de Pedro es “de necessitate salutis”; lo definió Bonifacio VIII. Es dogma de fe.
Pero la Iglesia “no está hecha pedazos”, no queda “dividida en partes“ por la salida de los herejes y cismáticos. Ella “no está destruida por el apartamiento de los hijos extraviados“. Si alguien no entrara en la Iglesia o si de ella saliera, entonces “a spe vitae et salutis alienus est”, está fuera de la esperanza de vida y de salvación. Por lo tanto, en la Iglesia ecuménica, que “no es la Iglesia de Cristo”, no hay esperanza de salvación.

Termina Pío XI su doctrina con una paternal advertencia:

“Es necesario que nadie se alabe por la pertinacia en las disputas, pues se trata de la vida y salvación eterna. Sin cautela y diligencia ésta estará perdida.”

¿De qué vale una Iglesia donde no hay salvación?

Las opiniones no son libres cuando la autoridad de Dios impone una doctrina o un régimen que se debe seguir. He aquí los preceptos divinos: “No os juntéis bajo un yugo desigual con los que no creen. Pues, ¿qué tienen de común la justicia y la iniquidad? O, ¿en qué coinciden la luz y las tinieblas? ¿Qué concordia entre Cristo y Belial? O, ¿qué comunión puede tener el que cree con el que no cree? Y qué transacción entre el templo de Dios y los ídolos? Pues, templo del Dios vivo somos nosotros, según aquello que dijo Dios: «Habitaré en ellos y andaré en medio de ellos; y Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual salid de en medio de ellos, y apartaos(exite de medio eorum et separamini), dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y Yo os acogeré; y seré Padre para vosotros, y vosotros seréis para Mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso»” (2 Cor. 6, 14-18).

AMDGVM
Laus Deo Virginique Mariae!

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