Carta de Mons. Squetino a los obispos sedevacantistas – I

A los Señores Obispos Sedevacantistas

¡Ave María!

 “Debe existir en la Verdadera Iglesia perfecta unidad de régimen, o sea: debe haber al frente de esa sociedad religiosa una autoridad suprema y visible, de institución divina, a la cual obedezcan todos los miembros que la forman. No basta una especie de política de amistad o buena vecindad entre un montón de jefaturas eclesiásticas desconectadas jurídicamente, es decir: independientes entre sí, SIN OTRA CABEZA SUPREMA QUE UN CRISTO INVISIBLE Y CELESTIAL CUYAS PALABRAS Y MANDATOS  INTERPRETA CADA UNO A SU GUSTO.”                                                                                                                 

                                                                     (R.P. Fernando Lipúzcoa. Breviario Apologético. 1954)

Siendo Jesucristo Cabeza de la Iglesia Católica y principio de su vida, no hay nada en ella en que Él no opere y que no dependa de Él; la ha fundado como “verdadera y perfecta sociedad” (Pio IX) “dándole los  medios necesarios para su incolumidad y acción” (León XIII) e instituyó un órgano que Él mismo juzgó oportuno elegir y Él mismo creó para ejercer a perpetuidad el gobierno de su Reino sin mancha ni arruga de corrupción: el Papa; para gobernarla, hablarle incesantemente y parecer por esta señal indubitable para que estuviera siempre segura de su guía. Así pues, prometiéndole su asistencia hasta el fin de los tiempos, exigió en medio de ella el signo manifiesto y eficaz de su presencia. Esta maravilla la realizó mediante la institución de un Vicario, por quien el gobierno de la Iglesia se ejerce para siempre en su propio nombre y en su propia virtud; y que al sentir de San Jerónimo, negando su necesidad y dignidad “habrán en la Iglesia tantos cismas como sacerdotes.”

Ahora bien, es imposible siquiera imaginar una “sociedad verdadera y perfecta” no gobernada por un soberano, es así que la Iglesia Católica es “verdadera y perfecta sociedad”, por tanto necesariamente debe ser gobernada por uno solo: el Vicario de Jesucristo; pues no solo está edificada sobre Cristo, sino también sobre San Pedro como FUNDAMENTO VISIBLE de esa misma y única autoridad.

La naturaleza VISIBLE de la Iglesia verdadera se identifica por una VISIBLE unidad de Fe, una VISIBLE unidad de régimen, bajo un VISIBLE primado de jurisdicción: el Papa. Así pues, “Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: «Creo en la Iglesia una»…” (León XIII). “Por lo cual se apartan de la verdad divina aquellos que se forjan la Iglesia de tal manera, que no pueda ni tocarse ni verse, siendo solamente un ser neumático, como dicen, en el que muchas comunidades de cristianos, aunque separadas mutuamente en la fe, se junten, sin embargo, por un lazo invisible.”(Pio XII)

El Vicario de Jesucristo ejerce un poder que no está contenido en los poderes esenciales del episcopado, sino que está por encima del episcopado por su naturaleza y por su título, porque este poder es el poder mismo de Jesucristo, Cabeza, Principio y Soberano del episcopado. En consecuencia, el Vicario de Jesucristo tiene toda la autoridad única de Jesucristo sin división ni limitación. No es una Cabeza intermedia o secundaria situada entre Jesucristo y el episcopado, sino que es Jesucristo, Cabeza única hecho visible, hablando y obrando en la Iglesia por el órgano que se ha elegido; siendo la institución PRINCIPAL de la que dimana toda la formación de la Iglesia. Es el primer FUNDAMENTO del edificio y es en la Iglesia FUENTE Y PRINCIPIO, y los obispos reciben de él todo lo que son, porque el episcopado no tiene otra fuente sino a Jesucristo y al Vicario de Jesucristo en la indivisible unidad del mismo principado; y esto como consecuencia y espejo del principio divino de procesión, siendo así que la naturaleza misma del episcopado proviene -ella misma- de esta procesión, y en ellos –esta procesión- crea la dependencia, que no es otra cosa que la misión o jurisdicción dada y aceptada.

No es, por tanto, una disposición arbitraria, sino por la necesidad misma del orden divino de la Iglesia por lo que sólo San Pedro puede crear un obispo y por lo que no hay episcopado legítimo o posible fuera de este único origen; así, bastaría que la Cabeza cesara de derramar este don de vida sobre los miembros para que el episcopado se viera herido de impotencia y de muerte, pues es el Vicario de Jesucristo el único que da legitimidad a la consagración de cualquier obispo al dar la misión o jurisdicción auténtica al consagrarlo, o de negarla.

De lo cual se desprende que los obispos sedevacantistas, sólo tienen el poder de orden y ejercen la jurisdicción extraordinaria sólo de una manera provisional, hasta que la Sede de San Pedro sea ocupada por un Papa verdadero. Y DE NINGUNA MANERA LES ES LÍCITO PERPETUARSE INDEFINIDAMENTE AL AMPARO DE LA NECESIDAD, A TRAVÉS DE LA VIRTUD DE LA EPIQUEYA, SIN PONER LOS MEDIOS ADECUADOS PARA ACABAR CON LA VACANCIA.

In Christo et Maria,

+ Juan José Squetino Schattenhofer

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