REVOLUCIÓN Y RELIGIÓN – 1ra parte

Autor: Jose Luis Uribe Fritz

comunismo1

“El comunismo científico es la ideología de la clase obrera que tiene como fin producir su liberación”. Esta sentencia fundamental del comunismo, es ampliamente conocida y majaderamente reiterada por los teóricos de las organizaciones de izquierda y sus libelos, desde hace más de un siglo y medio. Sin embargo, desde hace unos treinta años, que ya no se viene escuchando, ni leyendo ni esgrimiendo como argumento de análisis de la contingencia política, salvo en aquellas agrupaciones de izquierda (trotskismo 4ª internacional, stalinistas, maoístas, foquistas-guevaristas, anarco-comunistas, etc.) que se mantuvieron en gran parte, al margen de la renovación ideológica del socialismo y que para efectos prácticos del proceso revolucionario actual, no tienen una mayor influencia. Aunque de una u otra forma se han integrado al proceso revolucionario moderno, desde la periferia del mismo y no en posiciones de vanguardia. Y frente a este raro auto mutismo con respecto a uno de los “dogmas” centrales del socialismo científico, más que preguntar cuánto de esta realidad subsiste como punto de partida de una contingencia preexistente para la izquierda; en el proceso de la aprehensión que obligadamente deben hacer de las “contradicciones político-económicas” que producen a su vez, las “condiciones coyunturales objetivas” de opresión necesarias suprimir para lograr la anhelada e inevitable “liberación” del proletariado; hoy en día, es más apropiado inquirir, sobre qué tipo de liberación se alude; o siempre se ha encubierto mejor dicho; en verdad, bajo esta formulación doctrinaria. Porque es evidente para todo el mundo, pues está en la superficie de la política formal, que ya nadie oye hablar a los “neo” revolucionarios, de “materialismo histórico”, “dialéctica”, “socialismo científico”, “lucha de clases”, “clase obrera”, “conciencia e identidad de clase”, “proletariado”, “solidaridad proletaria”, “desalineación”, “internacionalismo proletario”, “vanguardia del pueblo”, “poder popular”, “explotación capitalista”, “vía revolucionaria de masas”, “insurrección popular” “avanzar sin tranzar”, ni de eliminar al odiado “Estado burgués, la democracia burguesa y a la burguesía misma”. En cambio, sí se les oye hablar profusamente, de “tolerancia”, “solidaridad”, “paz”, “no violencia”, “objeción de conciencia”, “derecho a la diferencia”, “organización no gubernamental”, “igualdad”, “diversidad”, “feminismo”, “patriarcado”, “derechos humanos”, “derechos sexuales y reproductivos”, “autodeterminación”, “autogestión”, “empoderamiento”, “ciudadanía”, “revolución ciudadana”, “consejismo”, “movimientos sociales”, “asamblea nacional”, “asamblea constituyente”, “poder local”, “organización horizontal”, “multiculturalismo”, “no discriminación”, “inclusión”, “visualización”, “democracia directa”, “voceros”, “facilitadores” y un largo etc. de neologismos ideológicos, que no guardan una relación directa con la doctrina materialista de explotación-liberación económica que siempre ha sido el sustrato ideológico de la práctica revolucionaria. Más adelante retomaremos este punto para analizarlo en mayor profundidad. Bástenos por ahora hacer notar, primero; que bajo esta maraña de terminología neosocialista, persisten inalterables los cuatro objetivos ideológicos de la revolución: el fin de la religión, del Estado-Nación, de la familia y de la propiedad privada. Y segundo, que frente a este para muchos, ininteligible léxico de nuevas nomenclaturas y conceptualizaciones de neo “paradigmas” ideológicos revolucionarios, cabe representar lo que señala el insigne apologista Católico, el Padre Alberto M. Weiss, que “es muy reducido el número de los que, en las grandes luchas intelectuales, saben darse cuenta de toda la importancia de una palabra.”

Con respecto a la supresión de la religión, es posible observar que ha sido una preocupación ideológica revolucionaria constante de primerísimo orden, y que partiendo desde el padre del socialismo científico, su formulación teórica para su aplicación práctica, se ha ido modificando conforme ha ido evolucionando a su vez, la praxis revolucionaria. Pero, bajo ninguna circunstancia, ha sido relegada al olvido o postergada, pese al original carácter con que la han revestido los nuevos teóricos de la revolución (Escuela de Frankfurt, Gramnsci, G. Luckas, entre otros) que permite, no sea posible “visualizarla” en forma nítida en aquellos lugares donde opera tanto directa como indirectamente (contra-cultura, contra-natura, Derechos Humanos en su pluralidad anti-ontológica en determinados estadios de la vida, Ecología profunda, animalismo, política de género, etc.) Sin embargo, subyace allí, tal cual como fue formulada por Marx. Y en un estadio más profundo de análisis, es decir, desde el sustrato ideológico y su nexo metafísico de conceptualización del “ser” en cuanto “ser”, que es de donde nacen teoría y praxis revolucionaria llenas del sentido de anulación del “ser” para dar rienda suelta al “no ser angustioso”, al “vacío existencial metafísico” que no es más que el tormento feroz de satán; es posible vislumbrar nítidamente la inversión valórica, ritual y simbólica de todo lo sagrado y todo lo que como ley positiva o ley natural el hombre siempre ha afirmado; inversión que no constituye otra cosa más, que práctica, a su vez; del culto de desacralización satánica en y por la revolución de siempre, pero profundizada exponencialmente en el modelo revolucionario actual. Como nunca en la historia de la humanidad, “El “maligno” en su “malicia” se instala en el Ser, en Dios. Como esos parásitos del mundo animal que devoran su abrigo viviente” (1). Richard Wurmbrand en su ya mítica y no desmentida obra “Marx y Satán”, es tal vez el único autor que ha develado los vínculos entre práctica satánica y práctica revolucionaria.

Es así, que desde el punto de vista de la “inversión” como vivencia-praxis revolucionaria-satánica, nos encontramos con la profanación-deconstrucción desacralizadora de todo lo sagrado-religioso y natural, que va mucho más allá de lo meramente formal en cuanto a práctica restringida únicamente al ritual satanista de adoración al demonio y que conlleva, la casi desconocida última intención de impedir incluso que la materia sea “sacralizada” en su doble función: como un medio dispuesto para un fin… la santificación del hombre (práctica de la caridad vs el nuevo igualitarismo comunitario en la “diversidad” y el “derecho inalienable de acceder”, desde la aberración grotesca del intento substancial de “ser” un ente distinto del que se “es” por determinismo ontológico; hombre y mujer, hasta el acceso a una igualdad utópica en salud, vivienda, educación, ingreso económico, ejercicio del poder y la representatividad política, etc.) y como vehículo sacramental por donde la gracia es transmitida más allá del símbolo puro (o mejor dicho donde el “simbolismo se encarna”) y que alcanza su perfección en la transubstanciación del “Cuerpo” y la “Sangre” de nuestro Señor Jesucristo (sustituida, a su vez; por la nueva inmanencia-pagana-panteísta de “comunión hombre-naturaleza” conocida como “ecología profunda” y que es posible ver en “rasgos nítidos” en películas como Avatar. Sin mencionar la “carta de la tierra” y el ramo propio de “ecología” con su calendario que reemplaza al santoral católico y que se enseña en los colegios desde el pre-kinder, al menos en Chile).

Se percibe en esta hostilidad teórica y material; específicamente de todo lo cristiano, la omnipresencia del demonio en el sentido que Goethe lo define: “el espíritu que siempre niega”. Es por eso, que esta “nueva democracia” “neo socialista”, específicamente para quienes son capaces de hacer esta lectura, calificando y valorando los conceptos de acuerdo a su origen y naturaleza. Y esta otra “democracia”, que en lo general, se entiende como un concepto masivo de ejercicio de la libertad y el manoseado Estado de derecho, para quienes no ven en este concepto un intento de modificación de la realidad -y que aquí mencionamos solo tangencialmente para la idea de proceso y modelo revolucionario profundizado por la “renovación ideológica neosocialista”- el verdadero concepto de “democracia”, esto es; democracia igual socialismo; debe ser entendida como la lucha que se articula contra las diferentes formas de subordinación de todo aquello que se manifiesta privativo de los seres, los valores, las ideas, el orden natural y los órdenes connaturales o accidentales, que cual prolongación de la naturaleza humana, comunican su esencia, origen y destino trascendente en el orden social. En el sentido, de que esa comunicación manifiesta una unión íntima con “su” Creador, del cual el ser más perfecto de la naturaleza –el hombre- es su “imagen” y a quién todo en el mundo natural le fue subordinado. Pero que ahora por un devenir neo revolucionario complejo y sutil, es puesto al servicio de una rebelión total, en donde el hombre pierde “su centro jerárquico” sumiéndolo al nivel ontológico de las bestias y de los “árboles”, al mismo tiempo que se “deifica” el mundo material puesto originalmente como medio a su servicio. Es concatenar en forma de inferencia sensata y explícita, entonces; que la nueva teoría revolucionaria pretende borrar toda huella metafísica y religiosa en el hombre y la sociedad, y que este objetivo se ha extendido a la creación en cuanto obra también divina. Pero esto solo es la primera parte, es el objetivo, porque el fin verdadero es reorientar todas las cosas a una religión universal inspirada en un nuevo dios.

Debemos aclarar entonces, que la negación de lo trascendente, como elemento central de la crítica de Marx, lo hace utilizar hasta la saciedad el recurso gramatical del retruécano. Pero esta inversión literaria de sus “ideas-fuerza”, no es una mera expresión del intento de subversión de la realidad, el conocimiento y la costumbre social, bajo las cuales subyace el objetivo de alejar al hombre de Dios y de una vivencia personal y social de una “fe” en un más allá. La práctica de la “inversión”, de este hacer paralelo que contraría a Dios; se exprese donde se exprese, no es más que manifestación primordial del carácter constitutivo del satanismo como ya mencionamos y que es conveniente tener siempre presente. No obstante, lo definitivo de esta característica fundamental del marxismo, ella no aparece; para la mayoría de las personas; como un rasgo constitutivo de la ideología comunista ni antes ni después de su proceso de renovación ideológica. Renovación que para mayor abundancia en el extravío de su conocimiento y comprensión, es tanto o más desconocida que la substancia satánica que llega hasta el tuétano de esta nefasta ideología en sus manifestaciones modernas. Por lo que antes de hincarle el diente, es necesario primero, hacer algunas precisiones; como siempre referidas a metodología, para hacer “visible” e “inteligible” los cuatro objetivos de la revolución mencionados más arriba y su relación con las categorías demonológicas en cuanto a valores, ideas y símbolos que le son propias y son ampliamente difundidas en la actualidad desde dentro del proceso revolucionario, como a si mismo desde el exterior del mismo, por quienes en apariencia, están fuera de este proceso. Pero la verdad, es que son la “nueva formalidad revolucionaria”. Y precisamente es en este vital punto, donde los dos polos revolucionarios hegemónicos gramnscianos interactúan, es donde se produce toda la dinámica de la revolución. En otras palabras, esta nueva revolución opera o se hace en dos movimientos: el primero desde arriba, realizado por el Estado-facilitador y el segundo, desde abajo hacia arriba, ejecutado por la sociedad civil-empoderada.

(Me saltaré la parte de metodología, porque es necesaria una síntesis de la misma, que aún no tengo lista y sería muy largo de incluir aquí. Esto no quita que se pueda leer todo sin grandes problemas, aunque en verdad, el capítulo de metodología es como la llave maestra que sirve para poder decodificar cada capítulo)

En primer lugar, debemos consignar que el primer error en el proceso de adquisición del conocimiento, está en la formalidad del mismo: argumentación y pruebas.
La inversión “gramatical” persistente que realiza por medio de esta figura literaria de las ideas-fuerza que son el blanco de su dialéctica filosófica, se resume en la “crítica de la religión”, la que como el mismo asegura, es la “premisa de toda crítica.” La supremacía que le otorga Marx a ésta crítica, pone de relieve su intención de invertirlo todo, en un proceso de prelación subversiva que debe comenzar necesariamente a partir de la “desacralización del hombre y del mundo”, con el objetivo de crear una polaridad aguda, que asumida como la suprema contradicción de la vida, sea el fundamento para construir una “nueva conciencia” ya “liberada” o “desalineada ”, que rompa definitivamente con el lazo de unión y subordinación que el ser humano posee con el mundo de lo sobrenatural, en su generalidad espiritual universal; ostentado claramente a través de la historia, en la vivencia personal y social de la religión que el hombre ha practicado invariablemente. Esta primera inversión, retrucada gramatical y teológicamente, la expresa afirmando que, “El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión; la religión no hace al hombre”.

Sin embargo, esta generalidad espiritual que señalamos, no lo es; a modo de sincretismo religioso por cierto, sino de afirmación universal objetiva de la divinidad, que como supuesto necesario; el hombre siempre ha asumido como criterio de verdad para explicar el origen de sí mismo y del mundo. El mismísimo Doctor Angélico arguye como una de las pruebas de la existencia de Dios, el hecho innegable de que los hombres en todo tiempo y lugar, siempre han creído en la divinidad. Conocida es además, la sentencia de Plutarco un siglo A.C.: “Si miráis la superficie de la tierra veréis ciudades sin murallas, ni magistraturas; y pueblos sin casas, ni moneda ni teatros; mas nunca encontraréis, en ningún lugar, una ciudad sin conocimiento de la divinidad.”
De esta manera, la formulación de este supuesto necesario, por ser inherente a la especulación intelectual de la naturaleza humana, informa por ejemplo, en ausencia de la Revelación (2); a las religiones precristianas y a muchas otras de naturaleza “étnica”, que aún sobreviven en paralelo a la religión Católica, en lo que tienen de esencial; esto es, referidas en su doctrinas y cultos, a un mundo sobrenatural y una divinidad, que condicionan en su origen al mundo, al hombre y su realidad, en primer lugar; como “manifestaciones de la omnipotencia creadora de la Divinidad” y en segundo lugar; en el sentido de omnipresencia, como fuente de la moralidad que fija y regula a su vez, los actos humanos y la consecuente extensión de estos a las relaciones sociales, al orden y la costumbre social, la cultura, la ley y el derecho. Marx alude a esta realidad indesmentible cuando afirma que: “La religión es la teoría general de este mundo (…) su sanción moral, su solemne complemento.” Y agrega que como necesaria consecuencia para la revolución en su objetivo de modificación de la naturaleza del orden social, que “La lucha contra la religión es, por tanto, indirectamente, la lucha contra aquel mundo que tiene en la religión su aroma espiritual.”

Pero una cosa es afirmar, como deducción lógica que se desprende de toda argumentación metodológica propia de una investigación; la existencia de este “supuesto necesario” que como criterio de verdad, el hombre en general y las culturas en particular, siempre han asumido; y otra cosa muy distinta, es demostrar que la creencia en la divinidad, no solo es una realidad especulativa persistente, sino una verdad de evidencia argumentativa racional. Es por esto, que la posibilidad cierta de conocer a Dios por las solas fuerzas de la razón, ha sido elevado a dogma de fe por la Iglesia, puesto que ésta, reconoce como manifiesta e innegable la capacidad intelectiva propia de la naturaleza humana, para hacer inteligible aquello que existe como la Suprema realidad espiritual abstracta verdadera y necesaria. Susceptible por lo mismo, de ser conocida, entendida y vivida, como parte integrante e integradora del proceso de la vida del hombre y las sociedades. Sean estas, como veremos, elementales en sus rudimentos, o de alto vuelo civilizador. Al respecto, el Concilio Vaticano I definió: “Dios, nuestro Creador y Señor, puede ser conocido con certeza a la luz de la razón natural por medio de las cosas creadas”. Y esta definición presenta los siguientes elementos: “A) el objeto de nuestro conocimiento es Dios uno y verdadero, Creador y Señor nuestro; es, por tanto, un Dios distinto del mundo y personal. B) El principio subjetivo del conocimiento es la razón natural en estado de naturaleza caída. C) Los medios del conocimiento son las cosas creadas. D) Ese conocimiento es de por sí un conocimiento cierto. E) Y es posible, aunque no constituya el único camino para llegar a conocer a Dios.”
Por otro lado, este ataque “ideológico” a la religión por parte de Marx, y que junto a la “crítica” constituyen los dos grandes ejes que conforman el proceso del hacer “teórico y práctico” de la revolución comunista; en su “descartado modelo bolchevique-soviético” y su “renovado carácter conocido como neosocialismo”; lo es, a modo tan integral, que abarca en un solo intento de destrucción, la Religión Natural, la Religión Revelada y la negación de la capacidad intelectual del hombre para construir un conocimiento abstracto, que elabore los argumentos racionales y metafísicos con los cuales hacer inteligible las relaciones del mundo natural con el mundo sobrenatural. Y por supuesto, para afirmar la mismísima existencia de este último.

Concretamente este ataque a la religión, realizado por medio de sucesivas oleadas de ciclos revolucionarios, se viene manifestando desde hace dos siglos, en primer término, con una virulencia y artificio literalmente demoniacos. Y en segundo lugar, con una evidencia tal, que no podemos menos que recordar, pero amplificada por mil; la lectura de la realidad mundial que a fines de los cincuenta, Mauricio Carlavilla en la introducción de “Satanismo”, que es el Epílogo de la extraordinaria obra “El simbolismo de la masonería” de monseñor León Meurin, y que publica en forma independiente de la obra aludida; en donde afirma con lucidez extraordinaria que, “Satán y el satanismo han desaparecido en la época contemporánea del horizonte moral y cultural de las generaciones paganizadas”. Asegurando además, que “el gran panorama de la humanidad es hoy, como jamás lo fuera (…) la gran revelación del poder satánico”. Porque arguye, que “jamás la humanidad entera, y hasta el mismo planeta terráqueo se hallaron en trance de ser convertidos en la nada… En esa nada física y metafísica que es la feroz agonía de Satán”.

Y esta realidad del ciclo revolucionario que estamos viviendo, observando, palpando, enfrentando y resistiendo, es manifiesta no solo por su naturaleza, y su explícito y confesado objetivo -la desacralización aludida-, que es fácil de aprehender y exponer desde sus inicios. Sino además, desde hace un par de décadas, por el carácter, la institucionalidad, la simbología y la “doctrina moral y dogmática”, de la nueva religiosidad que se pretende construir como fin del proceso revolucionario (de nítidos rasgos demonológicos), como resultado del constante intento revolucionario de destrucción de la única y verdadera religión: La Católica, Apostólica, Romana. Y de la consecuente destrucción, que también se persigue de todas las demás, por el acarreo de asociación demoledora qué significa extirpar la idea de Dios de todas las naciones y culturas.

Porque en estos dos siglos de combate abierto y directo contra lo sobrenatural, el punto de litigio como tal fue entablado originariamente, sobre la cuestión de saber si lo sobrenatural tenía el derecho de intervenir sobre el mundo natural, de establecerse sobre la base de lo natural, de aplicar su leyes a la vida de los hombres, y no solo, a la vida íntima y privada, sino que como leyes de alcance universal, tenían el derecho de informar también a la vida exterior y pública. Pero lo que comenzó como una reclamación de derechos de autonomía para la razón y el Estado, de separación entre la fe y la ciencia, de petitorio de libertad de enseñanza; ha devenido del proceso de ruptura con lo sobrenatural, a un intento de ruina de lo sobrenatural y el giro que han tomado en consecuencia las cosas, hace que lo que este en juego ya no sea una cuestión teórica de separación de dominios de influencia, a la manera de cómo lo expresó Feuerbach: “Queremos la paz y poner fin a esta querella eterna; tomad el cielo si lo queréis, y dejadnos la tierra. Os dejamos lo sobrenatural en vuestras Iglesia, en vuestra teología; cosas son estas que nosotros no discutimos. Pero no queremos que os metáis en nuestro dominio.” El acento ahora está puesto, en que no quede de pie, ningún principio de fe, ninguna convicción de la conciencia, ninguna exigencia del derecho natural, ninguna potencia de moral objetiva, ningún juicio de la razón que afirme la verdad en lo que tiene de conformidad con Dios. La premeditación de la ruina de lo sobrenatural, los es; a sabiendas que con ello, se destruirá al mismo tiempo lo natural. El “abajo el cielo” de Lenin, que Bakunin explicita afirmando que “es evidente que, en tanto que tengamos un amo en el cielo, seremos esclavos en la tierra”, tiene como natural consecuencia; la ruina de la familia, la escuela, la nación, el matrimonio, las costumbres públicas y privadas que sancionan la moral objetiva, la anulación de todo principio de autoridad que refleje un orden divino, la extinción de todas las instituciones políticas, sociales y religiosas, por medio de la extirpación de raíz en ellas, de toda idea de vida pública y privada inspirada en Dios, en fin; demoler todo para que no quede piedra sobre piedra sobre la obra civilizadora del cristianismo en el presente y en lo porvenir. Citando nuevamente a Bakunin, este objetivo lo pone de manifiesto con palabras que semejan una vocería de Lucifer. Y este dicho, no es solo una alegoría sin ningún fundamento. Porque este impío teórico de la otra cara ideológica más manifiesta de la revolución, la Acracia; según sus propios esclarecidos biógrafos, redactó su pasquín “Dios y el Estado”, durante su residencia en Paris, la que consideran su “época masónica”. En el reconoce, que: “Toda autoridad temporal o humana procede directamente de la autoridad espiritual o divina. Pero la autoridad es la negación de la libertad. Dios, o más bien la ficción de dios, es, pues, la consagración y la causa intelectual y moral de toda esclavitud sobre la tierra, y la libertad de los hombres no será completa más que cuando hayan aniquilado completamente la ficción nefanda de un amo celeste”.

Más explícito es aún, otro “hermano”; Proudhon: “Oh, Adonai, Dios maldito: el primer deber de todo hombre inteligente es expulsarte de su espíritu y su conciencia… Espíritu mentiroso, Dios imbécil, tu reino ha concluido; busca entre los animales nuevas víctimas…padre eterno, Adonai o Jehova: ¿por qué nos engañas? Los pecados cuya remisión te suplican los ineptos, son cometidos por ti…tú eres el tirano que nos asedia, el verdadero Satán. Tú nombre… en adelante símbolo de desprecio y anatema, será conocido entre los hombres, pues Dios es cobardía y tontería; Dios es hipocresía y mentira; Dios, es tiranía y miseria; Dios, es el mal. Ven Satán, ven, calumniado de los sacerdotes y los reyes, ven que te abrace y te estreche contra mi pecho. Hace tiempo que te conozco y que tú me conoces. Tus obras, ¡oh, bendito de mi corazón no siempre son buenas y bellas, pero solo ellas dan sentido al universo. Solo tú animas y fecundas el trabajo; tu ennobleces las riquezas; tú sirves de esencia a la autoridad; tus palabras tienen el sello de la virtud”.

continúa…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s